¿Y si aprendemos de lo que nos ocurre?

Hace un año y medio falleció mi madre.

No era excesivamente mayor para los tiempos que corren, y cuando alguien que quieres se va, siempre hay un periodo de duelo y de respeto y una sensación de pérdida.

Cuando pasó un tiempo, me pregunté ¿Qúe has aprendido?

Ella me inculcó sus valores, muchos de los cuales he hecho míos desde pequeño. Con el tiempo también fui capaz de desechar los que no van conmigo, con mi proyecto de vida.

Pero más acá, mirando hacia la situación final de despedida, ¿qué ha cambiado ese acontecimiento en tu vida? ¿Qué has hecho con ello?

Lo primero que me surge en la cabeza es un “despertar”, una “toma de conciencia”. Sin nada material vienes, sólo un hálito de vida, y sin nada material te vas, una vez extinguida esa llama…

Sólo queda tu recuerdo, en la gente que te conoció, en la gente que te amó, o, incluso en la gente que te guardó algún rencor.

A alguna gente la influiste en la vida, alguien fue capaz de aprender, o incluso tuviste la oportunidad de mejorar la vida de otros, o de crear una vida si has sido padre…

De este acontecimiento aprendí que no quería seguir estando donde estaba en ese momento y decidí coger las riendas y cambiar de camino. Unirme a la gente que aporta y separarme de las personas que restan.

Aprendí que cada momento cuenta, que el tiempo es el mayor tesoro y que la capacidad de gestionarlo y utilizarlo para lo que quieres es el mayor premio.

Aprendí que la vida sólo se compone de momentos, y la suma de esos momentos es lo que ves en el momento de despedirte y lo que queda en la retina y en el recuerdo de los que te conocieron.

Como dice Bucay en su historia “El buscador”, el único y verdadero tiempo vivido es aquel en el que disfrutamos intensamente de algo y ese gozo es mayor cuando es compartido.

Debemos aprender a reconocer en la realidad que nos rodea y en los acontecimientos que nos ocurren, las múltiples facetas de un diamante tallado.

En este diamante, debemos ser capaces de ver la faceta que mayor bien nos haga, siempre teniendo presente que la realidad, semejante a esta piedra preciosa, tiene muchas caras y podemos y debemos elegir.

Elige el agradecimiento frente al rencor, pues ambas caras tiene ese diamante llamado “realidad”.

Escoge la alegría por los momentos compartidos frente a la tristeza por los momentos perdidos, pues ambos están contenidos en la “vida”.

Decántate por la vida, reconociendo que la muerte está presente en todo momento, cual sombra inseparable.

Y, si Dios, cualquiera sea la forma en que lo concibas, nos tiene reservados unos momentos de lucidez antes de ese paso definitivo, te deseo que seas capaz de mirar hacia atrás en el tiempo y sentirte orgulloso.

Yo lo estuve al verte marchar y sé que tú lo estuviste al partir.

He aprendido una lección… ¿ y tú?

 

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